"Dejemos esto", dije yo, "y dime si no sería bueno que regresases a tu primera belleza y a tu primer estado. Debes saber que el ángel Miguel debe, en el Día del Juicio, golpearte con la espada de Dios 100.000 veces, y cada golpe te daré el dolor de diez infiernos".

Satanás replicó: "Veremos en ese día quién puede hacer más; ciertamente tendré de mi lado muchos ángeles y los más potentes idólatras que molestarán a Dios, y El sabrá qué gran error cometió El al condenarme por causa de un vil (pedazo) de barro".

Entonces yo dije: "Oh Satanás, tú estás enfermo de la mente, y no sabes lo que dices",

Entonces Satanás, en una manera desafiante, movió la cabeza, diciendo; "Bueno, hagamos las paces entre Dios y yo; y dí tú lo que debe hacerse, oh Jesús, ya que tú eres sano de mente".

Yo respondí: "Solamente necesitan decirse dos palabras".

Satanás replicó: ¿"Qué palabras"?.

Yo contesté: "Estas" "Yo he pecado; ten misericordia de mi".

Dijo Satanás entonces: "Ahora de buena gana yo haré estas paces si Dios me dice esas palabras"

"Vete ahora de mi" dije yo, "Oh maldito, ya que tú eres el malvado autor de toda injusticia y pecado, pero Dios es Justo y sin ningún pecado".

Satanás partió gritando, y dijo: "No es así, oh Jesús, sino que tú dices una mentira para complacer a Dios".

"Ahora considerad", dijo Jesús, ¿"cómo podría hallar él misericordia?".

Ellos contestaron;: " Nunca señor, porque él es impenitente. Háblanos ahora del juicio de Dios".

CAPÍTULO 52.

"El día del Juicio de Dios será tan terrible que, en verdad os digo, los réprobos antes escogerían diez infiernos que ir a oír a Dios hablar con ira contra ellos, contra los cuales todas las cosas creadas darán testimonio. Verdaderamente os digo, que no sólo los réprobos temerán, sino los santos y los elegidos  de Dios, tanto que Abraham no confiará en su propia rectitud, y puesto que Dios, para dar a conocer Su Majestad, privará a Su Mensajero de la memoria, así que él no tendrá recuerdo de cómo Dios le dio todas las cosas. Verdaderamente os digo que, tendré que rendir cuentas. Como que Dios vive, ante Cuya Presencia mi alma comparece, yo soy un hombre mortal como son los otros hombres, ya que aunque Dios me ha puesto como Profeta sobre la casa de Israel para la salud de los débiles y la corrección de los pecadores, yo soy el siervo de Dios, y de esto vosotros sois testigos, e

cómo hablo yo contra esos hombres malvados que después de mi partida del mundo anularán la verdad de mi evangelio por obra de Satanás. Pero yo regresaré cerca del fin, y conmigo vendrán Enoc y Elías, y nosotros testificaremos contra los malvados, cuyo final será maldito". Y habiendo hablado así Jesús derramó lágrimas, y entonces sus discípulos lloraron en voz alta, y levantaron sus voces, diciendo: "Perdón, oh Señor Dios, y ten misericordia de Tu inocente siervo. Jesús respondió: "Amén, amén".



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