CAPÍTULO 128

            Entonces, hermanos, yo, un hombre, polvo y barro, que camina sobre la Tierra, os digo: Haced penitencia y conoced vuestros pecados, Yo digo, hermanos, que Satanás, por medio de los soldados romanos, os engañó cuando dijisteis que yo era Dios. Por lo, tanto tened cuidado y no los creáis, viendo que ellos han caído bajo la maldición de Dios, adorando a los Dioses falsos y mentirosos; así como nuestro padre David invocó una maldición sobre ellos, diciendo: "Los Dioses de las naciones son plata y oro, la obra de sus manos; que tienen ojos y no ven, tienen orejas y no oyen, tienen nariz y no huelen, tienen boca y no comen, tienen lengua y no hablan, tienen manos y no tocan, tienen pies y no caminan". Por lo tanto dijo David nuestro padre, rezando a nuestro Dios vivo:  "Que como ellos sean los que los hacen y los que en ellos confían".

            ¡Oh soberbia sin precedente, este orgullo del hombre, que siendo creado por Dios de la tierra olvida su condición y quisiera hacer a Dios a su propio gusto! Así él silenciosamente se burla de Dios, tal como si dijera: "No tiene caso servir a Dios". Porque así lo muestran los sus obras. A esto desea Satanás reduciros, oh hermanos, al hacer que creáis que yo soy Dios; ya que, no siendo capaz de crear una mosca, y siendo temporal y mortal, no os puedo dar nada de utilidad, viendo que yo mismo tengo necesidad de todo. ¿Cómo, entonces, podría yo ayudaros en todas las cosas, como es propio de Dios?

            ¿Podremos entonces nosotros, que tenemos como nuestro Dios al gran Dios que creó al Universo con su Palabra, burlarnos de los gentiles y sus Dioses?

            Hubo dos hombres que vinieron aquí al templo a rezar: uno era un fariseo y el otro un publicano. El fariseo se acercó al santuario, y rezando con su cara levantada decía: "Gracias te doy, oh Señor Dios mío, porque no soy como otros hombres, pecadores, que hacen toda maldad, y especialmente este publicano; ya que yo ayuno dos veces a la semana y doy el diezmo de lo que poseo".

            El publicano permanecía alejado, postrado en el suelo, y golpéandose al pecho decía con la cabeza agachada: "¡Señor, yo no soy digno de mirar al cielo ni a Tu Santuario, porque yo he pecado mucho; ten misericordia de mí".

            Verdaderamente os digo que el publicano salió del templo en mejor estado que el fariseo, ya que nuestro Dios lo justificó, perdónale todos sus pecados. Pero el fariseo salió en peor estado que el publicano, porque nuestro Dios lo rechazó, viendo sus obras como una abominación.

CAPÍTULO 129

            ¿Acaso el hacha se jacta de haber cortado el bosque donde un hombre ha puesto un jardín?. No, seguramente, ya que el hombre hizo todo, sí, e (hizo) el hacha, con sus manos.

            Y tú, oh hombre, ¿te jactarías de haber hecho algo que es bueno, viendo que es nuestro Dios te creó de barro y obró en tí todo el bien que es hecho?

            ¿Y por qué desprecias tú a tu prójimo? ¿Qué no sabes que si Dios no te hubiese protegido de Satanás tú serías peor que Satanás?

            ¿No sabes acaso que un sólo pecado cambio al ángel más bello en el demonio más repulsivo; y que al hombre más perfecto que ha existido en el mundo - el cual fue Adán - el pecado lo cambió


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