que él no haya caído hasta el séptimo centro. Porque aunque los condenados sean incapaces de alegría alguna, así la Justicia de Dios hará que así le parezca al miserable hombre envidioso, como cuando le parece a uno en un sueño que es espoleado por alguien y siente tormento por ello - así será el objeto  puesto ante el miserable hombre envidioso. Ya que cuando no hay alegría en absoluto le parecerá a él que todos se regocijan por su desgracia, y lamentan que no le haya ido peor.

            El codicioso descenderá al quinto centro, donde él sufrirá suma pobreza, como sufrió el rico festejador. Y los demonios, para mayor tormento, le ofrecerán lo que él desee, y cuando él lo tenga en sus manos otros demonios con violencia se lo arrebatarán de las manos con estas palabras: "Recuerda que tú no dabas por amor de Dios, así Dios no quiere que tú ahora recibas". ¡Oh hombre infeliz!, ahora él se encontrará en esa condición en la que él recordará la pasada abundancia y mire la penuria del presente; ¡y que con los bienes que entonces él no tenga él podría haber adquirido delicias eternas!

            Al cuarto centro irá el lujurioso, donde los que transforman el camino que les fue dado por Dios estarán como el grano que se cuece en el estiércol ardiente del demonio.  Y allí serán ellos abrazados por horribles serpientes infernales. Y los que hubieren pecado con rameras, todos estos actos de impureza serán transformados para ellos en unión carnal con las furias infernales; las cuales son demonios como mujeres, cuyo cabello es serpientes, cuyos ojos son azufre llameante, cuya boca es venenosa, cuya lengua es cortante, cuyo cuerpo está rodeado todo con ganchos de púas como los que se usan para atrapar a los peces tontos, cuyas garras son como las de dos grifos, cuyas uñas son navajas, y cuyos órganos genitales tienen dentro fuego. Entonces con éstas todos los lujuriosos gozarán las brasas infernales que serán su lecho.

            Al tercer centro bajará el perezoso que no trabaja ahora.  Aquí hay ciudades construidas y palacios inmensos, que tan pronto como son terminados tienen que ser demolidos inmediatamente, porque una sola piedra no está colocada correctamente. Y estas piedras enormes son colocadas sobre los hombros del perezoso, el cual no tiene libre las manos para refrescar su cuerpo al caminar y aliviar la carga, ya que la pereza le habrá quitado la fuerza a sus brazos, y sus piernas están encadenadas con serpientes infernales. Y lo que es peor, detrás de él están los demonios, quienes lo empujan, y lo hacen caer muchas veces al suelo bajo el peso; ni nadie lo ayuda a levantarlo; no, siendo demasiado para levantar, una doble cantidad es colocada sobre él.

            Al segundo centro descenderá el glotón. Ahora hay allí escasez de alimento, en tal grado que no habría nada para comer sino escorpiones vivos y serpientes vivas, los cuales dan tal tormento que sería mejor nunca haber nacido para comer ese alimento. En verdad le son ofrecidas por los demonios, en apariencia, carnes delicadas; pero ya que ellos tienen sus manos y pies atados con grilletes de fuego, ellos no pueden extender la mano en la ocasión que la carne le es presentada.  Pero lo que es peor, esos mismos escorpiones que él come devorarán su estómago, y no siendo capaces de salir rápidamente, abrirán las partes internas del glotón. Y cuando ellos salen sucios e impuros, como ellos son, ellos son comidos otra vez.

            El colérico desciende al primer centro, donde él es insultado por todos los demonios y por todos los condenados que van más bajo que él. Ellos lo golpean y pinchan, haciéndole yacer sobre el camino por donde ellos pasan, plantándole sus pies en la garganta. Sin embargo no es capaz de defenderse, ya que él tiene sus manos y pies atados. Y lo que es peor, él no es capaz de dar escape a su ira insultando a otros, ya que su lengua está atrapada por un gancho, como el que usa el vendedor de pescado.


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