te digo, oh Bernabé, que cuando un hombre habla de lo que Dios le dará a su prójimo, que diga que su prójimo lo amerita; pero que se fije que, cuando él hable de lo que Dios le dará a él mismo, que no diga: "Dios me dará". Y que se fije de no decir: "Yo merezco", ya que Dios se complace en otorgar Su Misericordia a Sus siervos cuando ellos confiesan que ameritarán el infierno por sus pecados.

CAPÍTULO 199

            Dios es tan Rico en Misericordia que, así como el agua de mil mares, si hubiera tantos, no podría apagar una chispa de las llamas del infierno, sin embargo una sola lágrima de uno que se lamenta por haber ofendido a Dios a paga el infierno entero, por la gran misericordia con que Dios lo socorre. Dios, por lo tanto, para confundir a Satanás y para manifestar Su propia Generosidad, quiere llamar mérito en presencia de Su Misericordia cada buena obra de Su siervo fiel, y quiere que él hable así de su prójimo. Pero de sí mismo un hombre debe cuidarse de decir: "Yo tengo mérito"; ya que él sería condenado>>.

CAPÍTULO 200

            Jesús entonces se volvió hacia Lázaro, y dijo: <<Hermano, es necesario que permanezca sólo un tiempo corto en el mundo, por lo tanto cuando yo esté cerca de tu casa yo no iré nunca a otro lugar, ya que tú me atenderás, no por amor a mi, sino por amor a Dios>>.

            Estaba cerca la Pascua de los judíos; así que Jesús dijo a sus discípulos: <<Vayamos a Jerusalén a comer el cordero pascual>>. Y él envió a Pedro y Juan a la ciudad, diciendo: <<Vosotros hallaréis una hembra de asno con un pollino cerca de la puerta de la ciudad: soltádla y traédla aquí; porque es necesario que yo entre montado a Jerusalén. Y si alguien os pregunta diciendo: "¿Para qué el soltáis?", decidles: "El maestro tiene necesidad de ella", y ellos os permitirán traerla aquí>>.

            Los discípulos fueron, y encontraron todo lo que Jesús les había dicho, y entonces trajeron a la burra y el pollino. Los discípulos entonces pusieron sus mantos sobre el pollino, y Jesús se montó sobre él. Y sucedió que, cuando los hombres de Jerusalén oyeron que Jesús de Nazaret venía, los hombres salieron con sus hijos ansiosos por ver a Jesús, llevando en las manos ramas de palmera y olivo, cantando: <<¡Bendito sea le que viene a nosotros en el nombre de Dios! ¡Hossana, hijo de David!>>.

            Habiendo entrado Jesús a la ciudad, los hombres extendían sus túnicas bajo las patas del asno, cantando: <<¡Bendito sea el que viene a nosotros en el nombre de Dios! ¡Hossana, hijo de David!>>.

            Los fariseos reprocharon a Jesús, diciendo: <<¿No vés lo que éstos dicen? ¡Haz que se callen!>>.

            Entonces dijo Jesús: <<Como que Dios vive, ante Cuya Presencia comparece mi alma, si los hombres se callaran; las piedras gritarían contra la infidelidad de los malvados pecadores>>. Y cuando Jesús hubo dicho esto todas las piedras de Jerusalén gritaron con gran ruido: <<¡Bendito sea el que viene a nosotros en el nombre del Señor Dios!>>.

            No obstante, los fariseos permanecieron aún incrédulos y, habiéndose reunido, se aconsejaron para atraparlo en sus palabras.



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