Por lo tanto el sumo sacerdote habló que bajo pena de anatema nadie debía decir palabra alguna de defensa de Jesús; y él habló a Herodes, y al gobernador diciendo: Ten cuidado, pues por tu favoritismo a ese hombre este país podría rebelarse; ya que yo te acusaré ante el César como un rebelde. Entonces el gobernador temió al Senado y se puso de parte de Herodes, ya que antes de esto ellos se odiaban a muerte, y ellos unieron fuerzas para la muerte de Jesús, y dijeron al sumo sacerdote: Cuando sepas donde está el malhechor, envíalo a nosotros, ya que nosotros te daremos soldados. Esto fue hecho para cumplir la profecía de David, quien había predicho acerca de Jesús, Profeta de Israel, porque él anuncia la salvación del mundo. Entonces, en ese día, hubo una búsqueda general de Jesús por todo Jerusalén.

CAPÍTULO 211

            Jesús estando en la casa de Nicodemo más allá del arroyo de Cedrón, consoló a sus discípulos, diciendo: Está cercana la hora en que yo parta del mundo; consoláos y no estéis tristes, ya que a donde yo voy no sentiré ninguna tribulación. Ahora, seréis mis amigos si os entristecéis por mi bienestar? No, ciertamente, sino más bien enemigos. Cuando el mundo se alegre, estad tristes vosotros, porque el regocijo del mundo se convierte en llanto; pero vuestra tristeza se convertirá en alegría y vuestra alegría nadie os la quitará; ya que el regocijo que siente el corazón en Dios su Creador ni el mundo entero puede quitárselo. Mirad que no olvidéis las palabras que Dios os ha hablado por mi boca. Ser vosotros mis testigos contra todo el que corrompa el testimonio que yo he dado con mi Evangelio contra el mundo, y contra los amantes del mundo.

CAPÍTULO 212

            Entonces levantando sus manos al Señor, él rezó, diciendo: Señor Dios nuestro, Dios de Abrahán, Dios de Ismael e Isaac, Dios de nuestros padres, ten misericordia de aquéllos a quienes Tú me diste, y sálvalos del mundo. Yo no digo, sácalos del mundo, porque es necesario que ellos den testimonio contra los que corromperán mi Evangelio. Pero yo les ruego que los guardes del mal, que el día del juicio ellos vengan conmigo a dar testimonio contra el mundo y contra la casa de Israel que ha corrompido Tu Testamento. Señor Dios poderoso y celoso que tomas venganza de la idolatría contra los hijos de padres idólatras, incluso hasta la cuarta generación, maldice eternamente a todo el que corrompe mi Evangelio que tú me, diste, cuando ellos escriban que yo soy hijo Tuyo. Porque yo barro y polvo, soy siervos de tus siervos, y nunca he pensado de mí mismo que yo sea Tu buen siervo: ya que yo no puedo darte nada en retorno por lo que Tú me has dado, puesto que todas las cosas son Tuyas. Señor Dios, el Misericordioso, que mostraste misericordia a los que te temen, ten misericordia de quienes creen en mis palabras que Tú me diste. Porque así como Tú eres Dios verdadero, así Tú palabra que yo he hablado es verdadera; ya que es Tuya, pues yo siempre he hablado como el que lee, el cual no puede leer sino lo que está escrito en el libro que lee: asimismo he dicho yo lo que Tú me diste.

            Señor Dios, El Salvador, salva a aquellos a quienes Tú me enviaste, para que Satanás no sea capaz de hacer nada en contra de ellos, y no los salves sólo a ellos, sino a todo el que crea en ellos. Señor, generoso y rico en misericordia, concede a tu siervo estar en la congregación de Tu Mensajero en el día del juicio: y no sólo yo, sino cada uno de aquéllos a quienes me enviaste, con todos los que creen en mí a través de las predicaciones de ellos. Y haz esto, Señor, por Ti mismo, para que Satanás no se jacte contra ti, Señor. Señor Dios, quien por Tu Providencia proporcionaste todas las cosas necesarias para Tu pueblo Israel, recuerda a todas las Tribus de la Tierra, a las cuales Tú me prometiste bendecir con Tu Mensajero, para que Satanás, Tu enemigo, pierda su imperio. Y habiendo dicho esto, Jesús dijo tres veces: Así sea, Señor, Grande y Misericordioso. Y ellos contestaron, llorando: Así sea, todos excepto Judas, ya que él no creía en nada.

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